Los hijos a menudo se nos parecen – Alejandra y Bernardo Stamateas

Alejandra y Bernardo

Los hijos a menudo se nos parecen

Alejandra y Bernardo Stamateas

Mateo 18:18:

«Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo».

Alejandra Stamateas:

Hay ciertos principios espirituales que podés sembrar en tus hijos y que son verdaderamente efectivos.

Es probable que hoy no puedas ver el resultado, pero como toda semilla plantada, tarde o temprano esos principios de fe darán fruto en todos tus hijos.

Una canción de un famoso compositor español expresa:

«Los hijos a menudo se nos parecen»

Lo que es una gran verdad.

No obstante, en algunos casos los hijos se comportan de una manera extraña y los padres no saben cómo tratarlos ni cómo entablar un diálogo con ellos.

¿Alguna vez te pasó que esa hija dulce y cariñosa o ese hijo respetuoso sufrieron una crisis y se transformaron en chicos prácticamente desconocidos?

Este quiebre ocurre especialmente en la etapa de la adolescencia en la que muchos púberes son superados por problemas como el divorcio de sus padres.

Dificultades en el aprendizaje escolar, malas compañías, rebeldía, trastornos de la salud como bulimia, anorexia o incluso adicciones.

Frente a la crisis que enfrentan tus hijos podés responder de dos maneras:

Una de ellas es actuar con autocompasión.

Cuando reaccionás de esta manera pensás:

«Pobre de mí, ¡¿cómo me puede pasar esto?!»

«¡Después de todo lo que me sacrifiqué por él, no esperaba que reaccionara así!»

o

«¿Por qué me trata así a mí que soy su padre y que lo amo tanto?».

En realidad, la autocompasión no sirve para nada, porque te pone en un lugar de víctima y te encierra en un círculo vicioso.

Cuando te ubicás en ese rol es probable que vuelvas a ser victimizado en el futuro.

Por eso, ¡sacate la cara de víctima!

Aunque tus hijos estén atravesando una situación crítica y todo parezca difícil, nunca respondas con autocompasión.

La segunda manera en la que podés reaccionar frente a dicha situación es creciendo.

Cuando tus hijos atraviesan una crisis esto activa a su vez un conflicto en vos, por lo que es importante que en ese momento aprendas a crecer.

Cuando observás que tus hijos están mal o que están tomando decisiones incorrectas, tenés que hacer un trabajo interno, es decir, mirar hacia tu interior no para culparte ni autocompadecerte, sino para pensar:

«Frente a esta crisis…

¿De qué manera voy a crecer junto con mis hijos?».

Quiero decirte que Dios te va a dar la sabiduría que necesitás para crecer junto a ellos.

A continuación, voy a compartirte algunas ideas para que puedas crecer en esos momentos en los que tus hijos atraviesan una crisis.

1. Asumí el rol de oyente.

Una investigación en la que se entrevistaron a distintos adolescentes que pasaron por una situación crítica arrojó como resultado que la mayoría de ellos deseaban que sus padres hubieran opinado menos y los hubieran escuchado más.

Tené en que cuenta que tus hijos quieren que siempre estés disponible para que escuches lo que les está pasando.

Algo que no es nada fácil.

Especialmente cuando sabés que no están actuando como corresponde.

Sin embargo, cuando tus oídos están atentos a oír lo que ellos quieren decirte aprendés a escuchar más allá de sus palabras, ya que comprendés sus miedos, sus dificultades y sus dolores.

Tal vez tu hija adolescente quiere salir con sus amigas y volver a la madrugada.

Pero vos solo la dejás salir hasta cierta hora.

Si ella opone resistencia a tus pautas y el ambiente se vuelve tenso, quizás sea prudente que lo hables con ella y veas qué hay detrás de su reacción.

Tal vez desea volver en ese horario porque, de lo contrario, teme quedarse sola y que sus amigas no la tengan en cuenta.

No olvides que la amistad en un valor fundamental en esa etapa y que ese tipo de temores son absolutamente comprensibles en ese momento de la vida donde todo joven necesita mucho de sus pares.

Por eso, es importante que aprendas a escuchar y a entender a tus hijos.

Aunque muchas mujeres tienen una enorme paciencia para escuchar los problemas de otras personas, no suelen actuar de esa misma manera con sus hijos.

A veces tendemos a apresurarnos a dar una respuesta a nuestros hijos y les interrumpimos abruptamente la comunicación, cuando lo que verdaderamente necesitan es que los escuchemos para que puedan expresar lo que les está pasando.

Al prestarles la debida atención, ellos sentirán que son importantes para tu vida.

Esto implica que escuches a tu hijo como corresponde.

Es decir, que dejes todo lo que estabas haciendo en ese momento para comprenderlo más allá de sus palabras.

Escucharlo no significa que no te mantengas firme con los límites que le ponés o que siempre le tengas que resolver sus problemas.

Lo importante es que le hagas saber que estás disponible para él y que sepa que:

Aunque no podés descuidar las tareas que son esenciales para tu vida…

El puede contar con vos cuando te necesite.

2. Asumí lo que le ocurre a tus hijos.

Llamá a las cosas por su nombre.

Si tu hijo se alcoholiza con frecuencia no digas:

«A veces bebe una cervecita».

Si tu hija sufre una adicción a las drogas, no digas:

«Un día las malas influencias la incitaron a probar, pero después nunca más volvió a consumir».

Si tu hijo está encerrado todo el día en su cuarto porque tiene fobia social no digas:

«Mi hijo siente un poco de tristeza, pero ya lo va a superar».

A nadie le gusta decir que tiene un hijo alcohólico, violento, adicto o fóbico.

Pero si no llamamos a las cosas por su nombre, nunca podremos encontrar la solución al conflicto.

Si, por ejemplo, no sabés que tu hijo es alcohólico o que tiene una fobia, entonces no vas a saber a qué lugar acudir para que supere esa situación.

Si no le ponés el nombre correcto al problema, nunca vas a poder hallar la solución adecuada. Por eso, ¡dejá de ocultar y asumí lo que le está ocurriendo a tus hijos!

3. Asumí el rol de perdonador.

Cuando tus hijos no actúan como vos esperás eso te genera desilusión y rechazo.

Entonces decís:

«¡Yo no lo eduqué para que actuara de esta manera!».

En la antigua Grecia, ese rechazo llegaba a un extremo tal que a los hijos que habían nacido con algún defecto se los arrojaba desde el monte.

Es importante que asumas que tus hijos no siempre van a ser como vos querés y que el hecho de que hayan cometido errores no los hace descartables.

Recordá que ellos tienen que seguir su propio camino en el que van a vivir experiencias distintas a las que vos viviste, porque Dios les tiene preparado un sueño exclusivo a cada uno de ellos.

Por eso, aunque no te agraden algunas cosas de tus hijos, tenés que asumir el rol de perdonador.

Es muy importante que los perdones por no haber actuado como vos esperabas ya que al hacerlo te desprendés de ellos.

Una vez que sueltes a tu hijo de tu vida y asumas que no va a ser ese alumno brillante que deseabas porque a él no le gusta estudiar, te desprenderás de una gran carga.

Justamente, esto es lo que le sucedió a Abraham.

Dios le pidió que le entregase a Isaac, su hijo.

En otras palabras, el Señor le dijo:

«Tenés que renunciar a la mentalidad de ser el padre de ese niño que imaginabas pues esa etapa ya pasó.

Necesito que tu hijo crezca, que pase por crisis y que experimente nuevas experiencias».

Realmente es muy difícil para un padre renunciar a esa imagen que tiene acerca de un hijo perfecto o de una hija obediente.

Sin embargo, Abraham obedeció lo que le ordenó el Señor y descubrió que el verdadero sentido de su paternidad no consistía en poseer a su hijo, sino en la relación que lograra tener con él.

Aunque es importante que les pongas límites a tus hijos cuando son chicos, hay un momento en el que tenés que dejar de cargar con la angustia que ellos te traen.

Cuando Abraham subió al monte colocó unos leños en los hombros de Isaac, lo que simboliza que hay cargas que tus hijos deben llevar solos.

Liberalos y dejá de cargarles sus errores o sus decisiones impulsivas, pues ellos tienen su propio camino.

Una vez que los dejes libres, entregáselos a Dios.

En Éxodo 20:8-11

La Biblia dice que el deber del padre es procurarle reposo al hijo.

Dicho precepto pone un límite al poder paternal e implica que les concedas a tus hijos un espacio propio para que se muevan con libertad y descansen de tus exigencias, de ese ideal que tenés de ellos.

No abuses de tu autoridad creyendo que sos el único que sabe lo que es mejor para ellos.

Por el contrario, brindales reposo, entregáselos al Padre y recordá lo que Su Palabra dice:

«Tus hijos son flechas en las manos de Dios».

Crecé con ellos y ayudalos para que puedan construir una relación con el Señor.

Dios le dijo a Abraham:

«Yo me he relacionado con vos, pero ahora es tiempo de relacionarme en forma independiente con Isaac, así que te pido que me lo entregues.

Dejá de cargar sus luchas, sus dolores y sus errores porque mi trato con él va ser personal». ¡El Señor va a tratar a tus hijos de manera personal!

Bernardo Stamateas:

En las próximas líneas voy a compartirte una palabra profética dirigida a vos y a tus hijos.

La Biblia dice que todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo.

Por eso, todo lo que ates será tuyo.

Tal vez durante años hayas vivido en un contexto donde te abruman las deudas, tus trabajos son temporales y constantemente necesitás que los demás te presten dinero.

Sin embargo, hoy el Señor te dice:

«En este tiempo vas a dejar de pedirle dinero a los demás.

Vas a afianzarte en tu trabajo y ya no necesitarás pedirle prestado a nadie».

Dios te va a dar a vos y a tus hijos tres cosas que deben hacer suyas:

1. Sueños.

Proverbios 22:6 dice:

«Instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará».

Enseñales a tus hijos desde la infancia que Dios les ha dado sus propios sueños.

Lo importante no es que les dejes recursos materiales, sino que les digas desde que son pequeños:

«Dios te ha dado sueños grandes, un camino hermoso que nadie te podrá robar».

El profeta Jeremías dijo:

«Señor, yo no tengo nada para ofrecerte», pero Dios le respondió:

«No digas eso, porque cuando estabas en el vientre de tu madre te regalé sueños que nadie podrá quitarte nunca».

¡Decreto sueños personales y maravillosos en el camino de tu vida y la de tus hijos!

Tras la conferencia de un prestigioso predicador una señora se le acercó con unas galletas y le dijo:

«Sírvase, pastor.

Me tomé la molestia de prepararle unas galletitas».

El predicador probó una galleta y le preguntó a la mujer:

¿A qué se dedica?

Soy empleada doméstica –respondió la señora.

Después de elogiar su buen trabajo con las galletas, el pastor de le aseguró:

¡Usted nació para hacer galletitas!

Prepárelas en cantidad, ofrézcalas en el mercado y ore en fe.

Al cabo de dos años la señora se vistió con su mejor atuendo y volvió a visitar al predicador, esta vez para entregarle un sobre con dinero.

Como este no la reconoció, ella le dijo:

«Seguramente usted no se acuerda de mí, pero hace un tiempo atrás le regalé unas galletitas.

Usted me dijo que le gustaron mucho y me dio unos consejos.

Ahora tengo una empresa con cien empleados a mi cargo y mis galletitas son las mejores de la ciudad.

Quiero agradecerle porque pensé que siempre iba a trabajar de mucama, pero usted despertó mi sueño y me hizo ver que había nacido para llevar a cabo este emprendimiento y prosperar enormemente».

2. Esfuerzo propio.

Es fundamental que también les digas a tus hijos que nadie les va a robar su propio esfuerzo.

Al respecto, Dios le dijo a Josué:

«Esforzate y sé valiente, porque te voy a dar la tierra que te he prometido».

Tus hijos van a crecer libres sabiendo que nadie les regalará nada, sino que todo lo que conseguirán por el esfuerzo que hagan.

Dejá de sobreprotegerlos y de darles todo lo que quieran.

Cuando te comenten que les fue mal en la escuela, que sus compañeros se burlaron de ellos o que se lastimaron, deciles a cada uno:

«Dios te ha dado junto a tus sueños fuerza y empuje para superar las dificultades que tengas en la vida, porque tu ADN es el del Padre celestial».

Tras explorar la tierra los espías volvieron y le dijeron a Josué:

«Nos enteramos que los enemigos están desanimados, porque saben que Dios te ha dado la tierra».

Enseñales a tus hijos que la fuerza que el Señor les ha dado va a desanimar al diablo, a la deuda y a la enfermedad.

¡Porque mayor es el que está con ellos que el que está afuera!

Tal vez hayas vivido una infancia difícil y te sientas desolado porque tus padres estuvieron ausentes.

Quizás sientas que no tenés fuerzas para motivar a tus hijos.

No obstante, quiero decirte que no es tu fuerza, sino la fuerza de Dios la que te permitirá seguir adelante.

Esforzate, porque tus hijos van a recibir la impartición divina de que tienen sueños y fuerzas propias para levantarse de cualquier adversidad.

3. Profecías.

Salmos 23 dice:

«El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes pastos me hace descansar.

Junto a tranquilas aguas me conduce; me infunde nuevas fuerzas.

Me guía por sendas de justicia por amor a su nombre.

Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta.

Dispones ante mí un banquete en presencia de mis enemigos.

Has ungido con perfume mi cabeza; has llenado mi copa a rebosar».

Este pasaje puede parecer egoísta, porque David menciona todo lo que el Señor le brinda a él.

Sin embargo, a diferencia de las cosas materiales que son para sembrar y a las que no hay que atarse, es fundamental que sí nos atemos a lo espiritual.

Por eso, enseñales a tus hijos a que se aten a las profecías que Dios les ha dado.

Salmos 1:1-3 dice:

«Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores ni cultiva la amistad de los blasfemos, sino que en la ley del Señor se deleita, y día y noche medita en ella.

Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan.

¡Todo cuanto hace prospera!».

A diferencia del pasaje anterior, este no se refiere a alguien en particular, sino a cualquier persona.

¿Sabés por qué?

Porque mientras el primero habla de las promesas, el segundo habla de las profecías.

Cuando tomás una promesa que Dios te ha soltado y la hacés tuya, entonces esta se transforma en profecía.

Por tal motivo, enseñales a tus hijos a transformar las promesas y a que las hagan personales, porque nadie puede vivir de las experiencias de fe de los demás.

Recordá que cada vez que escuchás una promesa de Dios y decís:

«¡Esa promesa es para mí!»

o

«¡Esa victoria es mía!»

Transformás dicha promesa, que es algo general, en tu propia profecía.

Lamentablemente, algunas personas tienen muchas promesas, pero no poseen profecías.

Recuerdo que hasta mi adolescencia asistí a la iglesia básicamente porque mis padres me obligaban.

Aunque había leído varias veces La Biblia y sabía muchos pasajes de memoria, un día dije:

«Conozco La Palabra de Dios, pero no conozco al Dios de La Palabra.

He estado al servicio del Señor, pero nunca he podido conocer al Señor del servicio».

En ese momento pasé de las promesas a la profecías, pues dije:

«Señor, ahora estas palabras son mías, pues tienen mi nombre».

Nunca olvides que todo lo que ates en la tierra –tus sueños, tus fuerzas, tus promesas y tus profecías–, será atado en el cielo.

Dios dirá:

«¡Aquí también está declarado que eso es tuyo!».

Todo lo que digas que es tuyo el Señor lo convalidará, y la bendición vendrá a tu vida.

Esforzate, perseguí tus sueños y hace tuyas las promesas del Señor.

Decí:

«Ya no vivo más del Dios de mi mamá o de mi papá, sino de mi Dios a quien adoro y sirvo».

Hoy el Señor te dice:

«Dejarás de pedir prestado, porque serás dueño de sueños grandes, promesas y esfuerzos sin límite.

Todo lo que ates va a quedar con tu nombre, y vas a echar raíces»

¡Apropiate de fe para tomar todo lo que Dios te prometió!

No importa todo lo que la gente te haya querido quitar, pues nadie podrá quitarte los sueños, las fuerzas y las profecías que hay en tu corazón.

¡Declaro sobre tu espíritu que tu casa será bendecida, tus hijos serán prósperos y que vivirás sin límites!

Una historia cuenta sobre un hombre de escasos recursos que vendía lápices.

Con frecuencia, un multimillonario se le acercaba para comprarle un lápiz.

Cada vez, después de dejarle una simple moneda, le decía:

«Un comerciante hace negocios con otro comerciante».

La gente que observaba la manera de proceder del millonario exclamaba con enojo:

«Con la fortuna que acumuló…

¡¿Qué necesidad tiene de llevarse el lápiz?!

¡Encima le deja unos míseros centavos!».

Al cabo de un tiempo, el hombre pobre encontró al rico en una sala de negocios y le dijo:

«¿Se acuerda de mí?

Yo solía venderle lápices en la calle…

Realmente tengo que darle las gracias.

Mientras todos me daban una limosna y me dejaban el lápiz, usted se lo llevaba y me decía:

«Un comerciante hace negocios con otro comerciante».

Aunque al principio le guardaba rencor por sus palabras, un día pensé:

«Este hombre tiene razón.

Está viendo algo de mí que ni yo mismo he visto, pues ciertamente nací para ser comerciante»».

Desde ese momento dejé de sentir autocompasión.

Actualmente tengo mi propio negocio que cada día se expande más».

Quiero decirte que el Señor no te va a dar una limosna ni un simple milagro.

Recordá que Dios no se mueve por el dolor sino por la fe de aquel que dice:

«Señor, yo merezco mi milagro porque me has dado sueños, valor para luchar y fuerzas para levantarme.

Tengo un ADN combativo por cuanto no nací para sentir autocompasión, sino para cumplir un propósito grande».

Decile:

«Señor, me desato de lo que no quiero y declaro que todo lo que ate quedará conmigo.

Todo lo que yo determine acá será determinado por los ángeles en el cielo, y todo lo que haga me saldrá bien».

Amén.

Alejandra y Bernardo Stamateas

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