Ley del tiempo

La ley del tiempo

La sabiduría logosófica, al pronunciarse sobre cada palabra, concepto, hecho o cosa que haya motivado su atención, lo hace en la seguridad de que presta un servicio valioso a la inteligencia humana, a aquella, desde luego, que es capaz de discernir sobre el valor del aporte y la conveniencia de su aplicación o adopción en los ambientes que abren las mejores perspectivas al estudioso investigador.

Al tratar, pues, la ley del tiempo, debemos expresar que no descartamos la posibilidad de que alguien se hubiese ocupado ya de decir algo al respecto; en tal caso, bueno sería cotejarlo con nuestra versión a fin de juzgar cuál de ellas es la que encierra mayor mérito y fundamento.

Se sabe que para los sabios de la antigüedad el tiempo era el gran agente mágico que movía las palancas del Universo.

Un hecho real que nadie osaría discutir es que el tiempo ha sido, es y será siempre el testigo presencial de cuanto existe y existirá en la Creación.

Podría decirse aún más :

El tiempo es el único que estuvo presente en el instante en que nacía la Creación.

Lógico es pensar, por tanto, que desde entonces nada se mueve en el Universo sin que él intervenga.

De ahí la importancia que el tiempo reviste para la vida humana, puesto que es el que la asiste en todos los momentos de su existencia; de ahí también, que cuando se pierde el tiempo se experimente la sensación de perder parte de la vida.

El hombre, como ser racional, poseedor de un maravilloso sistema mental, cuenta con todas las posibilidades de aprovechar el tiempo en su beneficio, en el más alto grado, debiendo ser su inteligencia la que ha de disponer y usar de él, adoptando los medios y formas que más convengan al desarrollo y evolución de su ser.

Así, pues, una inteligencia bien dotada podría vivir y disfrutar en el breve lapso de días, por ejemplo, lo que otras, no capacitadas, en largos meses o años.

Esto tiene una importancia capital, por cuanto la vida, con un aprovechamiento inteligente del tiempo, cobra una amplitud y extensión que no puede tener, de ninguna manera, aquella que se desenvuelve ignorando estas prerrogativas.

La mayoría de los hombres, ignorando este conocimiento tan fundamental sobre el tiempo, manifiesta a menudo, y frente a cualquier sugerencia acerca de la conveniencia de realizar un estudio o un trabajo más, que no tiene tiempo, y es muy frecuente ver cuántos, dentro de esa mayoría, viven agitados y sujetos al apuro.

En ellos la impaciencia es signo evidente de intolerancia, y si bien son muy dueños de perder el tiempo en apreciables proporciones y por propia voluntad, no toleran que nadie les haga perder un solo segundo, ya que conceptúan tal cosa como algo imperdonable.

Según la concepción logosófica, el tiempo es el agente primordial de la existencia humana y el que concede a la misma una elasticidad tan apreciable que vendría a ser como si la prolongara más allá de sus límites naturales.

Quien dice que no tiene tiempo para esto o aquello se declara su enemigo; y no es difícil comprender las ventajas que el hombre puede obtener haciendo de él su mejor amigo, vale decir, haciendo que éste le sirva, y manteniéndolo consigo como una expresión viva y activa de su propio ser.

Comúnmente se observa que muchos, en vez de encarar y resolver los problemas que por diversas circunstancias se crean a la propia vida, los dejan de lado, relegándolos para otra oportunidad.

Esto, como es natural, tiene su límite, ya que quienes así se conducen, generalmente se ven obligados a tomar de pronto decisiones, por exigirlo así la gravedad de la situación.

En tales casos, es el tiempo el que apremia, llegando a ser inexorable, y he ahí que habrá que resolver en un período de tiempo limitadísimo, problemas que no fueron resueltos cuando se dispuso holgadamente de él.

En esos trances el ser corre casi siempre en busca de otros que piensen por él y le solucionen el problema, pero muchas veces se fracasa en eso ya que no siempre se ha de tener a mano al que oficie de intermediario.

La ley del tiempo es, como todas las leyes universales, justa y exacta, y es ley porque fija sin distinción normas y reglas inexorables.

Así lo demuestra el hecho de que el tiempo perdido no puede ya utilizarse más; es como un jirón de vida que se desperdicia y no puede ser incorporado más a ella.

Lo esencial, entonces, es llegar al conocimiento de cómo debe aprovecharse el tiempo para que éste cumpla, sin disminuir en lo más mínimo, su gran objetivo.

Tal conocimiento implica a la vez conocer el objetivo primordial de la vida; pero ha de saberse que aun cuando se tenga al respecto referencias merecedoras de la mejor buena fe, sólo logrará el hombre concebirlo ampliamente al encauzar todos sus esfuerzos hacia la finalidad superior, que en último término conecta la vida humana a la vida Universal; en otras palabras, cuando la inteligencia y el sentir cesan de permanecer ajenos a la realidad que los rodea por doquier.

Ahora bien; para que el tiempo sea benigno y pueda conquistárselo en la máxima expresión de valor, deberá el ser comenzar por ordenar su vida.

Esto llevará a destinar a cada actividad que desarrolle, el espacio de tiempo que la misma requiere y el que le corresponde, sin que le sea necesario emplear el tiempo de una actividad para ocuparlo en otra por haber perdido el que a ésta fuera destinado.

No hay que olvidar que todo tiempo aprovechado o perdido pertenece al pasado, y en ese pasado estará, evidentemente, lo que se haya o no sembrado, dependiendo de esa siembra lo que se ha de cosechar en el presente y en el futuro, mientras se efectúan nuevas siembras, vale decir, mientras se fecunda la vida en el estudio, en el trabajo y en la realización de un constante perfeccionamiento.

El hombre puede adelantarse al tiempo acumulando reservas para sí mismo, cuando su inteligencia, capacitándose cada día más, produce múltiples cosas que luego han de servirle para facilitar el desenvolvimiento de sus actividades.

Así, por ejemplo, el que piensa de noche cuanto ha de hacer al día siguiente, se ha adelantado al tiempo y ningún minuto será perdido para él al comenzar a realizar su diaria tarea.

Del mismo modo si piensa en lo que puede hacer en el futuro; en este caso, habiéndose adelantado al tiempo, puede utilizar muchos espacios del mismo para dedicarlas a una mayor expansión de la vida, lo cual implicaría ocuparlo en diversas finalidades en las que ella sienta con intensidad como si se multiplicara.

Todo esto lleva a la conclusión de que es incuestionable que quien pierde parte de su tiempo pierde también parte de su vida.

Siendo así, sería inconcebible que ella fuera a perderse en el vacío cuando puede ser llenada con esencia eterna y felicidad.

Carlos Bernardo González Pecotche
Revista Logosofía ®
Noviembre 1945

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