Amar al Enemigo – Homilía Padre Olidio Panigo

VII° Durante el Año A HOMILÍA P. OLIDIO PANIGO.

Puede parecer que Jesús pide demasiado cuando habla de amar a los enemigos.

Para que alguien sea mi enemigo no alcanza con tener un punto de vista distinto o alguna diferencia.

El enemigo es alguien con quien se ha tenido algún problema grave.

¿Cómo se puede hacer para amar a alguien que me ha hecho el mal, alguien que me ha engañado o herido profundamente?

Es necesario hacer una aclaración.

Hay dos tipos de amor:

Un amor afectivo, que pasa por el sentimiento, y un amor efectivo que pasa por la acción.

El amor afectivo es el que tienen los enamorados, los amigos.

El amor que surge con personas con las que nos sentimos bien.

El amor efectivo no necesariamente pasa por el sentimiento.

Es un amor que hace el bien no porque lo siento sino porque el otro lo necesita.

Pensando no en mí sino en el otro.

Jesús no sentía ganas de cargar su cruz, y sin embargo lo hizo.

¿Por qué?

No porque lo sentía sino por amor a su Padre y a nosotros.

Jesús no tuvo un amor afectivo hacia la cruz, pero sí un amor efectivo, porque de hecho la asumió más allá de sus sentimientos.

Lo mismo pasa en la relación con el prójimo.

Sobre todo cuando el prójimo se ha transformado en un enemigo.

El primer sentimiento frente a esa persona será de rechazo, pero Jesús pide ir más allá del sentimiento y pedir en nuestra oración el bien para nuestro prójimo y, si lo necesita, ayudarlo en lo que está a nuestro alcance.

Lo que Jesús nos pide frente al enemigo no es un amor afectivo sino un amor efectivo.

Hecha esta aclaración, vale la pena tener en cuenta que este amor que pide Jesús no nace naturalmente, sino que se inspira en el amor de Dios.

El Evangelio no dice que cuando amamos al enemigo seremos héroes o buenas personas sino que así seremos hijos de Dios, de ese Dios que hace salir el sol y llover sobre buenos y malos.

La fuente de inspiración para vivir lo que Jesús nos pide está en Dios.

Ese Dios que ha enviado a su Hijo para salvar a todos los hombres, más allá de que a su Hijo lo mataron y hoy a muchos no les interesa la salvación que Jesús nos ha traído.

Ese Dios que está siempre dispuesto a perdonarnos más allá de que muchas veces volvemos a caer en el pecando.

Lamentablemente, nos hemos acostumbrado a mirar los errores de los demás, que sirven para tapar nuestras miserias pero no para vivir lo que Jesús nos pide ni para mejorar el mundo.

Los pecados y miserias de los demás son bien conocidos, pero nuestro mundo no necesita que nos quedemos mirando esas miserias sino que nos dejemos contagiar del amor de Dios.

El hombre parecería que en lugar de dejarse contagiar por el amor de Dios espera que Dios sea como él.

Por eso, en lugar de lograr que el amor de Dios se haga presente en nuestra vida, nos hemos creado la imagen de un Dios que mira lo malo, un Dios que está más dispuesto a condenar que a perdonar, no porque Dios sea así sino porque los hombres somos así.

Nos hemos creado la imagen de un Dios que es más justiciero que misericordioso, un Dios que es más juez que Padre.

Necesitamos renovar nuestra fe mirando más a Dios, para que nuestro mundo tan marcado por la violencia y la venganza, por una mirada que se detiene primero en lo malo, pueda convertirse en un mundo marcado por el amor y la reconciliación, y que considere primero lo bueno.

Cuentan que en un pueblo pequeño había un monje al que todos tenían por santo.

El monje era el punto de referencia espiritual del pueblo y todos acudían a él para pedir un consejo frente a las distintas situaciones de la vida.

Este monje siempre le pedía a Dios que le mostrara si en el pueblo había una persona más santa que él.

Insistió tanto que un día Dios le dijo que bajara al pueblo porque le mostraría una persona más santa que él.

Mientras iba caminando por una calle Dios le dijo que entrara en la carnicería.

El carnicero y las personas que estaban no tenían nada de especial.

El carnicero era una persona amable, pero no muy bien hablado.

Le interesaba hacer su negocio.

Cuando quedaron solos, el carnicero le preguntó qué necesitaba.

El monje le dijo que estaba de paso y le pidió conocer a su familia.

El carnicero con todo gusto lo hizo pasar y le presentó a su esposa y a sus tres hijos.

Se sentaron a tomar mate, el carnicero iba y venía atendiendo a sus clientes, de vez en cuando se escuchaba alguna palabra no del todo buena…

El monje se preguntaba quién sería la persona más santa que él, hasta que una persona anciana pidió un vaso de agua desde el dormitorio.

Preguntó si era algún familiar y el carnicero le dijo:

“Es una larga historia…

Ese hombre, era un vecino del pueblo que vivía en la calle y siempre estaba borracho.

Se la pasaba pidiendo.

Un día fue a la casa de mi padre y, como no quiso darle dinero porque estaba borracho, lo mató de una puñalada.

En la comisaría le pegaron tanto que lo dejaron prácticamente paralítico.

Cuando cumplió su condena no tenía dónde ir porque no tenía familia ni casa, entonces lo traje para cuidarlo en mi casa.

Mi padre está muerto y nadie me lo puede devolver, pero este hombre está vivo y necesita ayuda, por eso no podía dejarlo en la calle por ese error que había cometido.

Jesús en mi lugar habría hecho lo mismo.”

Cuando el carnicero terminó de hablar, el monje pasó a la habitación para conocer al hombre postrado.

Después se fue convencido de que realmente el carnicero, más allá de sus malas palabras y miserias, era más santo que él por el amor hacia esa persona que había matado a su padre, pero a quien él estaba amando de esa manera concreta.

Cada uno conocerá historias de personas que hacen el bien y se encuentran con dificultades.

Personas que siguen trabajando incluso por quienes los critican o ponen piedras en su camino.

Esos ejemplos hay que rescatar e imitar.

Y, aún cuando no conozcamos muchas historias así, no dejemos de mirar a Dios, porque Él es nuestro Padre y nuestro modelo ya que somos sus hijos.

El mundo necesita este tipo de actitudes para que podamos ser un poco más hijos de Dios y no una sociedad del acomodo, de la violencia, de la avivada…

María nos ayude a mirar más a Dios para que nos contagiemos de ese Dios que es bueno con todos.

Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros.

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