A veces quiero decir cosas pero me las guardo – Alejandra Stamateas

A veces quiero decir cosas pero me las guardo

Mateo 15:10-11:

“Jesús llamó a la multitud y dijo:

Escuchen y entiendan.

Lo que contamina a una persona no es lo que entra en la boca sino lo que sale de ella”.

Mateo 15:16-20: ”

¿También ustedes son todavía tan torpes?

Les dijo Jesús.

¿No se dan cuenta de que todo lo que entra en la boca va al estómago y después se echa en la letrina?

Pero lo que sale de la boca viene del corazón y contamina a la persona.

Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias.

Éstas son las cosas que contaminan a la persona, y no el comer sin lavarse las manos”.

No siempre tenemos que expresar todo lo que queremos decir.

Hay ocasiones en las que es necesario hablar pero hay otras en las que es preferible no hacerlo.

¿Por qué no expresamos todo lo que pensamos internamente?

1. Sabiduría.

Muchas veces uno no cuenta todo lo que piensa porque sino se estaría haciendo daño a sí mismo.

Por ejemplo:

¿Le dirías todo lo que pensás de él a tu jefe?

Probablemente no, porque actuarías con sabiduría para proteger tu trabajo.

Tu manera de comunicarte tiene que ser siempre estratégica.

En ese sentido, el libro de Proverbios dice:

“El prudente no muestra lo que sabe”

Es decir, cuando hablás con el otro no siempre le tenés que abrir todo tu corazón y exponer todos tus pensamientos.

Ya no sos una niña que inocentemente cuenta todo y dice:

“Me equivoque, no me di cuenta…”.

Tampoco sos una joven adolescente que se expresa a través de la rebeldía:

“Yo soy frontal, digo todo lo que pienso porque voy de frente”.

Por el contrario, sos una mujer adulta que ya no se expresa por inocencia o por rebeldía.

La Biblia dice en Proverbios:

“El que refrena su lengua protege su vida”.

Al no comentar siempre todo lo que venga a tu mente, estás protegiendo tu vida.

2. Timidez.

Hay personas que no cuentan todo lo que piensan porque son tímidas y tienen miedo a equivocarse.

Sienten que cuando hablan están dando un examen frente al otro y que este le va a poner una nota.

Uno de los mayores miedos que existe es el miedo a hablar en púbico porque quienes lo padecen se sienten evaluados y así se autoobservan todo el tiempo.

Tienen “mentalidad de sentencia final”.

Es decir que consideran que todo lo que digan puede ser usado en su contra.

Por ejemplo, dicen:

“Mejor no hablo, mirá si encima termino perdiendo”.

Muchas personas que desarrollan una mentalidad de sentencia final callan por años ciertas cosas porque en algún momento dieron una opinión y creen que deben mantenerla para toda la vida.

Quiero decirte que no necesitás tener una única opinión sobre un tema sino que podés tener varias ya que es probable que, con el paso del tiempo, vayas cambiando tu manera de comprender la vida.

Por ejemplo, lo que pensabas a los quince años difícilmente lo sigas pensando ahora:

Hoy podés opinar una cosa y en un tiempo cambiar de opinión.

No tengas mentalidad de sentencia final y digas frases como:

“Si dije eso, ya está”; “ya lo dije, no puedo volver atrás”.

Tenés derecho a arrepentirte de algo que hayas dicho en el pasado.

¡Todos tenemos permiso para cambiar de opinión!

3. Miedo a la reacción del otro.

Este miedo lo sienten especialmente aquellas mujeres que viven en hogares donde hay maltrato y en los que se acepta la sumisión para desactivar la agresión.

Esto significa que estas mujeres guardan silencio y aceptan lo que el otro les dice para que ella o sus hijos no sean agredidos.

Así empiezan a tener un lenguaje de sometimiento:

“Mejor me callo”

Se está enojando mucho, va a explotar en cualquier momento”.

A veces, tomar distancia y no responderle al otro cuando está alterado es una buena estrategia.

El problema surge cuando en sus relaciones interpersonales la persona utiliza la sumisión porque se acostumbró a obedecer al otro.

Tal es el caso de los que guardan silencio para no desatar la furia del carnicero, del chofer del colectivo o de cualquiera que pasase a su lado.

Otro ejemplo es el de mujeres que no pueden enfrentar a sus hijos para expresarles que no les gusta determinada actitud.

Cuando tenés espíritu de sumisión, la comunicación con el otro la vas a ver siempre como un reto de tu mamá, de tu papá o de un profesor.

Vas a tener miedo a la comunicación y no vas a poder hablar de igual a igual con los demás porque siempre los vas a ver como a superiores que van a enojarse con vos y te van a regañar.

Si, por ejemplo, alguien te citara, pensarías que te esa persona te está llamando para hacerte un llamado de atención o para decirte que hiciste algo mal.

Si, en cambio, te comunicás de igual a igual, lo hacés naturalmente.

Supongamos que tenés que hablar con el presidente de una empresa multinacional.

Este hombre tiene un alto rango, una jerarquía mucho mayor a la tuya si hablamos de conocimientos empresariales; sin embargo, aun así podrías hablarle de igual a igual como ser humano porque tenés tus propias ideas, conceptos y creatividad.

Con esto quiero decirte que cuando te juntes con cualquier persona en la vida, tenga el rango que tenga, tenés que saber que vos también tenés valor y derecho a expresar tu opinión.

Cuando dialogues no sientas que te están tomando examen sino que estás manteniendo una conversación en la que ambos comparten y reciben algo.

El otro no es superior a vos y si te agrede verbalmente, te podés defender porque tenés recursos.

¡Dejá la sumisión como forma de comunicación y empezá a hablar de igual a igual!

Esto no quiere decir que le faltes el respeto al otro ya que, en este caso, estarías experimentando un problema de baja estima.

Si, al hablar con alguien, tenés que gritar, retar o mandonearlo es porque tu estima está dañada.

Cada vez que te comuniques con alguien, aunque sea la persona más importante que hayas conocido, tu hablar tiene que ser natural.

Cada vez que sientas que no estás a la altura de la otra persona vas a caer en el juego del sometimiento:

“Me someto al otro que sabe más”, “me someto al otro que habla mejor” o “me someto al otro que tiene más dinero”.

¡Nunca te sometas para que el otro no se enoje!

La Biblia dice:

“De la abundancia del corazón habla la boca”.

Si dentro de vos hay aprecio por vos misma, te perdonás y trabajás para quitarte las culpas, entonces vas a tener un hablar sabio.

Al no tener miedo vas a hablar con cualquier persona de manera natural y te vas a sentir cómoda porque sabés que podés fluir.

En esa conversación ambos estarán aportando algo y lo harán de igual a igual porque todos somos seres humanos hechos a imagen de Dios.

Entonces,

¿Cómo tengo que hablar?

Tu hablar tiene que ser estratégico.

Tenés que hablar como Dios.

En el libro de Génesis, el Señor siempre utilizó la palabra que salió de Su boca para crear y eso es lo que te tiene que pasar a vos.

Tenés que usar tus palabras para crear algo que no existe, algo que no está pasando en tu familia, en tu vida económica o en tu pareja.

Aprendé a ser estratégica y usar la palabra para crear algo.

Pensá:

“¿Qué estás creando con tu boca cada vez que hablás?”.

Es importante que lo sepas porque a veces uno está tan acostumbrado a hablar de cierta manera que no le presta atención.

Por ejemplo, podés crear discordia, desconfianza en el otro, enemistad, culpa o inseguridad.

Cuando hablás con tu pareja…

¿Estás creando alegría, gozo y prosperidad?

Cuando hablás con tus hijos…

¿Estás creando perdón en ellos?

Hay madres que le hablan mal a un hijo del otro y los hacen pelear entre ellos, creando discordia y desunión.

Otras madres descalifican a la pareja que eligen sus hijos:

“Esa chica es un desastre”.

Con lo anterior no te estoy pidiendo que hables bien de alguien que es un desastre, sino que seas estratégica y crees con tu boca lo que querés ver.

¿Qué estas creando con tus amistades?

Al respecto, Proverbios dice:

“El perverso provoca contiendas y el chismoso divide a los buenos amigos”.

¿Qué creás cada día para vos y para los demás?

Una mujer extranjera, de origen cananeo, vio pasar a Jesús y le empezó a gritar su necesidad pero Él no le respondió.

Los discípulos le dijeron:

“Sácatela de encima, porque es una gritona”.

Dicha mujer utilizó tres estrategias de comunicación.

En principio, le gritó a Jesús:

“¡Quiero que me hagas el milagro!”

Pero como Él no hizo nada, su segunda estrategia fue suplicarle.

Se le acercó y se arrodilló delante de Él pero tampoco eso conmovió a Jesús porque a Él no le gusta la gente sumisa.

La Biblia habla de obediencia pero no de sumisión, no es lo mismo ser obediente que sumiso.

Dios no te va a responder cuando te vea en actitud de sumisión sino cuando seas obediente.

Cuando vos obedecés lo hacés porque lo decidiste y eso te trae libertad.

Por ejemplo, decís:

“Yo obedezco lo que el Señor me dice porque yo quiero”, “yo obedezco lo que mi jefe me pide porque yo quiero”.

Eso te trae tranquilidad porque parte de algo que vos querés.

La sumisión, en cambio, te obliga a hacer algo y por ese motivo, siempre te va a llevar a la humillación y te traerá frustración.

Si estás haciendo algo para someterte a tu esposo y evitar que te golpee, en realidad no es algo que quieras hacer.

Si aceptás algo de tu jefe y te sometés a él por temor a que te despida vas a terminar frustrada y humillada.

¡Tenés que elegir la obediencia!

Jesús quería que esa mujer sacara de adentro la mejor estrategia de comunicación y por eso le dijo:

“No está bien que le saque el pan a los hijos y se los de a los perros”.

En otras palabras, le estaba diciendo que no le iba a quitar el pan a su pueblo para dárselo a los extranjeros, a quienes se los consideraba como perros.

Pese a ese insulto, esta mujer sacó su mejor estrategia de comunicación y le dijo:

“Sí, Señor, pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

Con esta frase ella creó una nueva relación con el Señor porque le estaba diciendo:

“Jesús, hasta ahora el milagro vino siempre para los judíos pero, aunque a mí no me corresponda, te pido con mis palabras que también me lo des”.

¡Atrevete a crear con tus palabras lo que no está creado!

Creá bendición con lo que hables y con lo que escribas porque de esta manera estás cuidando tu territorio.

Cuando creás enemistad entre uno y otro son tus propias palabras las que terminan maldiciendo tu territorio.

Por esa razón, tenés que aprender a hablar creativamente, creando lo que querés ver en tu casa, en tus hijos y en la iglesia.

Cuando empieces a hablar esas palabras el Señor va a hacer el milagro que tanto estás necesitando.

Cada vez que Martin Luther King tenía que dar un discurso llevaba a sus seguidores hasta la cima del sueño y desde arriba les mostraba una nación libre.

Les decía:

“Cuando seamos libres vamos a ver a nuestros hijos en libertad y van a poder estudiar en los mismos establecimientos que los blancos”.

Con estas palabras llevaba a la gente hacia arriba, hacia el cumplimiento del sueño en vez de llevarlos hacia abajo:

“Somos unas pobres personas.

Vamos a pelear porque tengo derecho a quejarme y por eso voy a hablar lo que sea”.

Tenés que soltar el sueño a tus hijos desde arriba y decirles:

“Vas a estudiar para obtener tu título pero esa realidad la vas a crear desde la paz”.

Para crear en tu mundo primero tenés que hablarlo y, a su vez, antes de hablar tenés que callarte.

Al hacer silencio vas a poder pensar qué es lo que vas a soltar con tu boca porque aquello que sueltes será lo que termines creando.

¿Qué estás soltando en tu casa?

¿Qué estas soltando con respecto a esa enfermedad?

¿Qué estas soltándoles a tus hijos?

¿Cuáles son las palabras que soltás sobre tu país?

Si estás parado en una nueva etapa de tu vida…

¿De qué te sirve hablar de lo viejo?

¿Para qué vas a volver atrás, trayendo a tu memoria sucesos del pasado que en tu presente ya no tienen sentido?

No maldigas lo que está atrás hablando mal de lo que quedó porque en definitiva te estarás destruyendo a vos misma.

Empezá a crear un mundo de fe con tus palabras y por esa fe, Dios lo hará.

Los martes y jueves siempre doy charlas y en esos días siempre suele llover.

Al principio me preocupaba que las condiciones climáticas adversas desalentaran a aquellas personas que quisieran asistir a mis reuniones.

Sin embargo, con el tiempo fui cambiando mi manera de pensar y de hablar.

Empecé a bendecir el día y a crear:

“Hoy va a venir mucha gente y la reunión va a ser una bendición.

Los que vengan serán gente que tenga valentía y coraje.

Atraparán la bendición y se la van a llevar para distribuirla entre muchos.

Cuanto más llueva, más crecerá la reunión y más bendición traerá para los días de sol”.

Fue sorprendente cómo al pronunciar esas palabras comenzó a incrementarse el número de personas que asistían a las reuniones.

¡Empezá a crear con tu boca aquello que querés ver!

El poder de las palabras puede tanto destruir como crear.

Dependiendo de la habilidad que tengas, con tus palabras podés ser un médico o un destructor.

Por esa razón, es importante que cada tanto chequees cómo estás hablando en todas las áreas de tu vida.

Hay casas que tienen un espíritu de dolor y de depresión porque de lo único que se habla es de enfermedades.

Existen hogares donde solo habla de problemas económicos dado que el único tema que se trata es la economía del país.

El espíritu que rodea cada hogar lo crea cada uno con las palabras que se dice a sí mismo y a los demás.

Las palabras arman el mundo en el que uno se mueve.

Si querés ver armonía, hablá palabras de armonía; si querés ver paz, creá paz con tus palabras; si querés ver justicia, sé justa al hablar.

Es sorprendente como miles de personas dedican horas a hablar mal de alguien en las redes sociales.

Lo que estas personas no se dan cuenta es que están menospreciando su tierra al maldecirla con su propia boca.

Recordá que:

“De la abundancia del corazón, habla la boca”.

¿Qué abunda en tu corazón?

¿La enemistad, la ira, el odio, los celos o el amor, la alegría, las ganas de salir adelante y de tener éxito?

En primer lugar, Dios habló y creó, pero luego Él consideró.

La palabra “considerar” significa “contemplar”.

Las Escrituras dicen que Dios creó la luz, la tierra, los animales, el hombre y luego consideró lo que había creado.

Cuando era chica los sábados me tocaba limpiar algún cuarto de nuestra casa.

Al concluir mi tarea me sentaba a contemplar cómo había quedado y verificaba si había hecho un buen trabajo.

Cuando sueltes una palabra después contemplá:

“Esto que dije, ¿sirvió para edificar a alguien o lo único que hizo fue destruir un vínculo?”

“¿Logré algo bueno al pronunciar estas palabras?”.

Dios, aunque no estaba obligado a hacerlo, evaluaba, contemplaba y hacía un juicio de valor sobre cada cosa que creaba.

Al reflexionar Él decía:

“Esto es bueno”, pero al crear al hombre exclamó:

“¡Esto es muy bueno!”.

Tenés que crear con tu boca cosas buenas y cosas muy buenas.

Jesús dijo:

“No es lo que entra en la boca lo que contamina a una persona sino lo que sale de ella”.

Lo que sale de tu boca viene directo desde tu corazón, y lo que vos te digas en ese trayecto te va a contaminar o te va a sanar.

Tal vez haya contaminación dentro de vos por las palabras que estás hablando.

Tenés el derecho a expresar todo lo que sientas, pero esta facultad es estratégica porque tenés que saber qué decir y cómo decirlo.

A nadie le gusta que le hablen mal y lo critiquen con frases como:

“¡Que corte de pelo tan feo te hiciste!”.

En cambio, si al hablar con alguien le expresás tu idea con un poco de condimento:

“La próxima te voy a recomendar un estilista espectacular”, quien reciba tu consejo se sentirá mejor.

Querida mujer, nuevamente te digo:

Tenés derecho a hablar y a decir todo lo que quieras.

No tenés que guardar tus palabras, pero es importante que seas una mujer sabia para saber en qué momento es preferible hablar y en qué momento es mejor guardar silencio.

No solo es necesario que sepas cuándo hablar sino también que sepas cómo expresar aquello que quieras transmitirle al otro.

Aprendé a crear las mejores palabras para vos y para tus seres queridos.

Creá con tu boca lo que no está creado, aquello que querés ver y luego contemplalo.

Si es bueno, decí:

“¡Qué bueno lo que dije!

Esta palabra fue justa y sabia”.

Cuando alguien que no conoce al Señor te escuche, tus palabras no tienen que ser ni de odio, ni de castigo ni reproche.

Por el contrario, las palabras que pronuncies deben ser de ánimo y de sabiduría para que todo el que las escuche se sane.

Dice Proverbios 12: 18:

“El charlatán hiere con la lengua como una espada pero la lengua del sabio brinda alivio”.

¡Sé sabia y brindá alivio!

Cuando tus hijos estén preocupados, cuando tu pareja esté con mucho trabajo o cuando te sientas superada por todo lo que hacés, buscá traer alivio.

En esos momentos difíciles pronunciá palabras que te levanten:

“Lo voy a lograr”; “voy a salir de esto”; “voy a conquistar ese sueño”.

Declaro que serás un médico de la palabra y que las personas disfrutarán hablar con vos y dirán:

“¡Cada vez que la escucho hablar mi espíritu se sana!”.

por Alejandra Stamateas

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