Problemas – Niños del Mundo y actual Juventud

El Problema de los Niños del Mundo

El Problema Actual de la Juventud

El mundo, como lo conocieron los hombres de más de cuarenta años, se ha derrumbado y está desapareciendo rápidamente.

Los viejos valores se están desvaneciendo y lo que llamamos civilización (que fue considerada tan ma­ravillosa) va desapareciendo.

Algunos lo consideran una bendición, yo entre ellos; otros un desastre; pero todos lamentamos que los medios de tal disolución hayan traído a la humanidad tanta agonía y sufrimiento.

Podemos definir la civilización como la reacción de la humanidad respecto al propósito y a las actividades de un determinado período mundial y su modo de pensar.

En cada época actúa una idea y se expresa en idealismo racial y nacional.

Su tendencia fundamental ha producido, en el transcurso de los siglos, nuestro mundo moderno, el cual ha sido materialista.

Ha tenido por objetivo la como­didad física; las ciencias y las artes fueron degradadas, a fin de darle al hombre un ambiente confortable y si es posible bello; los productos de la naturaleza han sido em­pleados para dar cosas a la humanidad.

La educación ha tenido como objetivo, hablando en forma general, el entre­namiento del niño para competir con sus conciudadanos en “la lucha por la vida”, acumular posesiones, vivir có­modamente y alcanzar el mayor éxito posible.

Esta educación también ha sido predominantemente competidora, nacionalista y, por lo tanto, separatista.

Ha entrenado al niño a considerar los valores materiales como de gran importancia, a creer que su propia nación también lo es y todas las demás son secundarias; ha nutrido su orgullo y fomentado la creencia de que él, su grupo SU nación, son infinitamente superiores a otras personas y otros pueblos.

En consecuencia se enseña a los niños a ser unilaterales, a tener un concepto erróneo acerca de los valores mundiales, a ser parciales y a tener prejuicios en sus actitudes hacia la vida.

Se les enseña los rudimentos de las artes, creyendo que así podrán actuar con la necesaria eficacia en un clima de competencia y en su medio ambiente vocacional.

Lectura, escritura y aritmética ele­mental son considerados requisitos mínimos, y también algunos conocimientos históricos y geográficos.

Además se le dan nociones de la literatura del mundo.

El nivel cultural pedagógico es relativamente elevado, pero falseado e influenciado por prejuicios religiosos y nacionalistas, que se le inculcan al niño en la infancia, pues no son innatos.

No se les enseña la ciudadanía mundial, ignorando siste­máticamente su responsabilidad hacia sus semejantes; se procura desarrollar la memoria, enseñándoles hechos sin correlación alguna, muchos de los cuales no tienen nada que ver con la vida cotidiana.

Nuestra civilización presente quedará en la historia como la civilización más burdamente materialista.

Ha ha­bido muchas épocas materialistas en la historia, pero nin­guna tan ampliamente difundida como la actual, y que haya implicado incontables millones de personas.

Se repite constantemente que la causa de la guerra es económica; ciertamente lo es, pero la verdadera razón se debe a que hemos exigido tantas comodidades y “cosas” para vivir razonablemente bien.

Necesitamos mucho más de lo que necesitaron nuestros antepasados; preferimos una vida confortable y relativamente fácil; el espíritu precursor base de todas las naciones se ha convertido, en la ma­yoria de los casos, en una civilización indolente.

Esto es particularmente verdad en el hemisferio occidental.

Nuestro nivel de vida civilizada es demasiado elevado desde el punto de vista de las posesiones, y demasiado bajo desde el ángulo de los valores espirituales, o cuando se lo considera desde un inteligente sentido de proporción.

Nues­tra civilización moderna no podría resistir la prueba química del ácido para los valores.

Hoy se considera que una nación es civilizada cuando da demasiado valor al desarro­llo mental, cuando premia el sentido analítico y crítico y dirige todos sus recursos para satisfacer los deseos físicos, producir cosas materiales, desarrollar propósitos materia­listas y predominar competitivamente en el mundo, acu­mular riquezas, adquirir propiedades, alcanzar un alto ni­vel de vida materialista y acaparar los productos de la tierra mayormente en beneficio de ciertos grupos de hombres ambiciosos y acaudalados.

Ésta es una drástica generalización, siendo básica­mente correcta en sus implicaciones principales, pero incorrecta en lo que concierne a los individuos.

Debido a esta triste y lamentable situación (obra de la humanidad misma) sufrimos el castigo de la guerra.

Ni las iglesias ni nuestros sistemas educativos han sido suficientemente sanos para presentar la verdad que pudiera contrarrestar tal tendencia materialista.

La tragedia consiste en que los niños de todo el mundo han pagado y están pagando el precio de nuestra actuación errónea.

Las guerras tienen sus raíces en la codicia; la ambición material ha sido el único móvil de todas las naciones sin excepción; todos nuestros planes tuvieron por objeto la organización de la vida nacional con el único fin de que predominaran las posesiones materiales, el espíritu de competencia y los intereses egoístas individuales y nacionales.

Todas las na­ciones han contribuido a ello a su manera y medida; nin­guna tiene las manos limpias; de allí el por qué de las guerras.

La humanidad tiene por hábito el egoísmo y un amor innato por las posesiones materiales.

Esto trajo la civilización moderna y por esta razón está siendo cam­biada.

El factor cultural de toda civilización reside en la conservación y consideración de lo mejor que el pasado haya producido y la valorización y el estudio de las artes, la literatura, la música y la vida creadora de todas las naciones, en el pasado y en el presente.

Concierne a la refinada influencia que ejercen estos factores sobre una nación y esos individuos que se hallan en tal situación –generalmente económica  que pueden apreciar y beneficiarse con ello.

El conocimiento y la comprensión así obtenidos permiten al hombre culto relacionar el mundo de significados (heredado del pasado) con el mundo de las apariencias en que vive, y considerarlos como un solo mundo que existe principalmente para su propio beneficio individual.

Sin embargo, cuando a la valorización de nues­tra herencia planetaria y racial, tanto creadora como his­tórica, se agregue la comprensión de los valores morales y espirituales, sabremos más o menos lo que el hombre verdaderamente espiritual está destinado a ser.

En rela­ción con la población del planeta tales hombres son pocos y están muy diseminados, pero constituyen para el resto de la humanidad la garantía de una genuina posibilidad.

¿Se darán cuenta de esta oportunidad las personas cultas?

¿Nuestros civilizados ciudadanos aprovecharán la oportunidad de construir esta vez no una civilización ma­terial, sino un mundo de belleza y de correctas relaciones humanas, mundo en que los niños puedan realmente crecer a semejanza del Padre Uno, mundo en el cual los hombres podrán volver a la sencillez de los valores espirituales, de la belleza, de la verdad y la bondad?

Sin embargo, frente a la reconstrucción mundial exi­gida y a la tarea poco menos que imposible de salvar a los niños y a la juventud del mundo, hay quienes se dedi­can a recolectar fondos para reconstruir iglesias y restau­rar viejos edificios, a pedir dinero que sería mucho más necesario para curar cuerpos destrozados, traumas psicológicos y despertar amor y comprensión en quienes no creen que tales cualidades existen.

Fuente: Los Problemas de la Humanidad, de Alice A. Bailey, pp. 39-43 | Editorial Fundación Lucis Buenos Aires – 1976

Es necesario tener en cuenta que este libro se escribió en 1947, después de la Segunda Guerra Mundial.

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